De un tiempo a esta parte Gibson es la tranquilidad personificada. Puede deberse a que, tal y como asegura, lleva más de diez años sobrio. Pero seguramente también influya la política estadounidense. Una semana después de perder su mansión Donald Trump le nombró a él, a Sylvester Stallone y a Jon Voight sus “embajadores” en Hollywood. El presidente, de vuelta a la Casa Blanca para un segundo mandato, pretende a través de estas celebridades proteger su imagen dentro de la industria del cine, que a su juicio ha estado históricamente marcada por las afinidades al Partido Demócrata. El mismo Gibson debe haber sufrido estos sesgos, porque todo esto ha coincidido con el estreno de su nueva película, y su desarrollo ha tenido por fuerza que ser totalmente independiente.
Amenaza en el aire es una producción de bajo presupuesto que se grabó durante unas pocas semanas de 2023 y no fue afectada por la doble huelga de actores y guionistas; era independiente al punto de que nadie de los implicados estaba afiliado al sindicato correspondiente. Más tarde halló distribución en EEUU a través de Lionsgate: sello de tamaño medio que el año pasado se atrevió a estrenar a otro director “maldito” como era Francis Ford Coppola con Megalópolis. La mala prensa que pueda haber tenido Coppola —con acusaciones de una conducta inapropiada con varias actrices en el rodaje de su último filme; Coppola posteriormente demandó al medio que lo publicó— se queda pequeña por otro lado frente a las polémicas que acumula Gibson, y que le han obligado a mantener un perfil bajo en los últimos años.
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Amenaza en el aire se estrena, entonces, dentro de una curiosa ambivalencia: su tosco aspecto, la mínima escala de sus ambiciones —90 minutos de suspense con el único escenario de una avioneta que atraviesa Alaska con Mark Wahlberg de piloto—, se ajustan a una fase en la que Gibson había perdido el favor de la industria del que tanto disfrutara previamente. Pero la película se estrena justo cuando ese favor bien podría regresar, gracias al nuevo momento político de EEUU.
Las desventuras hollywoodienses de Mel GibsonHan pasado casi diez años desde Hasta el último hombre, anterior filme de Gibson como director. Antes de Hasta el último hombre habían pasado otros diez años desde Apocalypto, siendo justo en este primer intervalo cuando las cosas se torcieron dramáticamente para el intérprete de Mad Max. A pocos meses de que esta epopeya sobre la civilización maya —a la postre admiradísima por crítica y público— llegara a cines, a Gibson le arrestaron por conducir borracho y en pleno enfrentamiento con los agentes aseguró que “los judíos son los responsables de todas las guerras del mundo”. Tres años después salieron a la luz unas grabaciones donde Gibson maltrataba a su pareja Oksana Grigorieva con su hija en medio, diciendo que “si te violase una manada de negros te lo merecerías”.
Naturalmente fue un duro revés para su imagen pública. A Gibson, que a principios de los 2000 había decidido dejar de lado los papeles principales para centrarse en dirigir, le iba a costar desde entonces levantar proyectos, y lo poco que pudo conseguir fue gracias a amistades influyentes como Robert Downey Jr., Jodie Foster —que en 2011 le invitó a protagonizar El castor con un personaje de reminiscencias indudables a su persona— o Whoopi Goldberg. Este apoyo fue suficiente como para que, llegado el momento, la industria decidiera perdonarle a lo grande, y Hasta el último hombre fuera nominada a seis Oscar incluyendo Mejor dirección.
Volvían los días de gloria para Gibson, gracias a la aquiescencia de una industria que prefería celebrar la obra antes que al autor. En los años 90, con Braveheart, Gibson había equiparado los logros cercanos de Kevin Costner y Clint Eastwood —en Bailando con lobos y Sin perdón— como actor que se animaba a dirigir con resultados deslumbrantes, y Hasta el último hombre volvía a ser un espectáculo sólido y emotivo. El perdón de Hollywood, no obstante, fue breve. No tardó en estallar el MeToo y el clima social se endureció alrededor de Gibson. Quien, intentando de forma hilarante surfear esa ola, llegó a apoyar el movimiento y a declarar que traería “un cambio”.
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No convenció a nadie. Poco después Gibson —que aseguraba no haber votado ni a Donald Trump ni a Hillary Clinton en las elecciones de 2016— apareció con un papel protagonista en Al otro lado de la ley de S. Craig Zahler, en un gesto ilustrativo de ser consciente de lo que se venía. Al otro lado de la ley estaba apadrinada por Cinestate, marca imprescindible de lo que podríamos denominar el “indie reaccionario estadounidense”. Esto es, una amalgama de pequeños sellos que suscriben la máxima de que Hollywood está dominado por las élites demócratas. La particularidad de este entorno es que sus convicciones no van tanto de apoyar a Trump, como de simplemente satisfacer nichos de mercado que el mainstream esté descuidando (por la corrección política o lo que sea).
De ahí que este indie pueda ofrecer vistazos paranoicos a los protocolos sanitarios contra el coronavirus —Inmune, imaginando a finales de 2020 que el confinamiento se extendía cuatro años—, éxitos de público adscritos al llamado cine faith based —películas religiosas de exacerbado cristianismo— o simplemente limitarse a darle trabajo a intérpretes “cancelados” para fastidiar al estatuto woke, caso de Gina Carano encabezando Terror on the Prairie tras ser despedida de The Mandalorian. Gibson se sitúa por necesidad en la intersección de estas dos últimas vertientes, pues se supone que está cancelado y además es el providencial padre del cine faith based, gracias al enorme éxito inaugural de La pasión de Cristo en 2004. Amenaza en el aire surge de aquí, pero con matices que acaso evidencien que Gibson no está del todo cómodo en este entorno.
Ser facha con pinza en la narizLas incursiones de Gibson en el cine faith based no han sido numerosas. Quizá se deba a que las creencias del director son extremas hasta para la plana mayor de este movimiento —Gibson es católico sedevacantista: esto es, no acepta el mandato del Papa y cree que la Iglesia está desorientada o manipulada desde el Concilio Vaticano II de los años 60—, con lo que para encontrarnos otra película suya abiertamente religiosa tras La pasión de Cristo hay que acudir a El milagro del padre Stu de 2022. Gibson tenía un papel secundario y producía, siendo el filme firmado por Rosalind Ross —pareja de Gibson, 34 años menor que él— en su debut a la dirección, y protagonizado por Mark Wahlberg como un boxeador reconvertido en sacerdote.
Wahlberg —otro tipo muy religioso y muy racista— y Gibson han hecho buenas migas. Wahlberg ha focalizado la promoción del filme y es responsable en buena parte de lo delirante que resulta: interpreta al piloto que ha contratado una agente del gobierno (Michelle Dockery, Los Bridgerton) para transportarla a ella y a un contable (Topher Grace, a quien veíamos hace poco en Hereje) que va a testificar contra la mafia. La situación se complica cuando, en pleno vuelo, la protagonista descubre que el piloto no es quien dice ser, sino que se trata de un criminal que ha recibido el encargo de asesinar al contable. Por eso ha matado al piloto real y por eso —aunque diste de ser una razón convincente— tiene un peluquín que no tarda en caer revelando su calvicie.
La calva falsa de Wahlberg es lo más memorable de Amenaza en el aire, identificando a un personaje ridículo que nunca llega a ser temible pero tampoco especialmente gracioso. Aparte de unas amenazas y estallidos de violencia sofocados de forma que la película carezca del más mínimo suspense, solo sabe inquietar a sus pasajeros con continuos comentarios sexuales y homófobos. Esto tiene su gracia, en realidad, porque es la única brizna de gamberrismo anti-progre que trasluce Amenaza en el aire, y que se opone a la valentía de la protagonista —una mujer que además de Wahlberg ha de enfrentarse a un jefe corrupto— o incluso a la simpatía de un secundario, Hasan (Maaz Ali), que le ayuda desde tierra siendo su intérprete un hombre de raíces indias y pakistaníes.
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De Amenaza en el aire sorprende el escaso vigor de la puesta en escena de Gibson —totalmente desganada y lidiando con un CGI penoso que no justifica el bajo presupuesto— tanto como lo aséptica que es desde el punto de vista del indie reaccionario. Con su dibujo positivo de mujeres y minorías, Amenaza en el aire parece tener miedo de alzar la voz e incomodar a nadie, recordando a cuando Gibson alababa el MeToo hace ya ocho años. La película es un vestigio de esos años que no se distancia mucho de la cantidad de filmes olvidables que Gibson ha ido encadenando como actor, con el mismo cineasta plegando su expresividad a un encorsetado estándar productivo.
¿Y por qué? Seguramente porque, cuando Gibson la estaba rodando, no tenía en mente que Trump pudiera volver a la Casa Blanca. Todavía añorando los días en que Hollywood le respetaba Gibson no quería significarse, no quería 'dar la batalla cultural'. Situado en tierra de nadie —queriendo disimular sus creencias pero trabajando por necesidad dentro del ecosistema que mejor se ajustaba a ellas—, ha tenido que sacar una película penosa que no sirve ni como entretenimiento de serie B ni como disfrute irónico. Un filme apagado, olvidable, pero que acaso podría ser un punto de inflexión.
En los últimos tiempos no ha habido mayor sensación dentro del cine faith based —aunque inicialmente quisiera camuflarse como un thriller rechazado por la industria— que Sound of Freedom. Su protagonista e impulsor, Jim Caviezel, tiene pocos grados de separación con Gibson. Porque, más allá de su ferviente religiosidad y su apego a teorías conspiranoicas —de la medicina alternativa contra el cáncer del autor de Braveheart pasamos, directamente, al imaginario QAnon—, Caviezel era el protagonista de La pasión de Cristo, y va a volver a serlo de la secuela que Gibson lleva años preparando. Es su siguiente filme, va a rodarlo justo después de Amenaza en el aire.
A Gibson le ha costado mucho sacar este proyecto adelante. Hollywood le había dado la espalda, los medios que ofrecía el indie reaccionario eran insuficientes. Pero ahora que Trump ha vuelto a la Casa Blanca y Amenaza en el aire puede ser únicamente una experiencia a olvidar, su momento ha llegado. El subtítulo de La pasión de Cristo 2 —Resurrección— está plagado entonces de simbología, y se yergue amenazador sobre una industria a punto de sumergirse en su época más oscura.