
“Quiero ver mi cerezo florecer”, dijo Abby a Sarah unos meses antes de morir, cuando apenas podía moverse sin ayuda. Para cumplir el deseo de su amiga, Sarah pasó la tarde amarrando secretamente flores de su propio árbol, pues el de Abby continuaba desnudo. Cada una poseía un cerezo a su nombre en el jardín de la casa en la que ambas convivieron durante décadas: Sarah cuidó a Abby hasta el final, colmando de atenciones a su compañera.
Probablemente, a Abby y a Sarah las unía algo más que una amistad.
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