
Aquel día de finales de los despreocupados años 90 en el que Teddy Bautista posó feliz delante de una carísima mesa de mezclas, de su propio estudio, en su propia casa —un exclusivo chalé en Boadilla del Monte— fue el preciso momento en el que para algunos creadores, que no podían vivir de su arte, la SGAE empezó a hacer aguas. Aunque fuera por un agujero milimétrico.
Bautista se había convertido en presidente de la SGAE con una candidatura continuista, tras ser antes vicepresidente. Le avalaba haber triplicado la recaudación y bajado el porcentaje de los gastos de gestión, es decir, la parte del pastel que retiene la entidad a cada autor por recaudarle sus derechos.

















