
La remodelación de la diplomacia económica es una asignatura pendiente y casi perpetua. Para España y para potencias industrializadas y mercados emergentes que se disputan la supremacía global y se reorganizan y alían para ejercer influencia en los grandes asuntos de la agenda mundial.
España ha protagonizado varios periodos de reflexión para reformar su diplomacia económica. El primero, ya con la Organización Mundial del Comercio (OMC) operativa -y con China entre sus estados miembros-, fue en 2001, cuando las empresas hispanas llevaban un decenio de adquisiciones de activos internacionales en América Latina, su espacio natural de expansión exterior por su afinidad histórica y cultural.

















