
En las elecciones presidenciales de 2011, el panorama político y electoral del Perú lucía simple y despejado en comparación con el de diez años después. De un lado, estaba Ollanta Humala, militar hijo de militares, ex oficial del Ejército fujimorista, candidato nacionalista, candidato étnico (y candidato del venezolano Hugo Chávez, que lo llamó "un buen soldado"). Del otro lado, la vieja política y el populismo de Keiko Fujimori, hija de Alberto Fujimori, y su ex primera dama. Cuando Ollanta subía al estrado, nadie era más polémico, más belicista: reflejaba la convicción en las propias convicciones, y en esto lucía diferente de todos los demás políticos.

















