
La imagen de un equipo de operarios desmontando la hoz, el martillo y unas alas del escudo del monumento dedicado a la madre patria Ucrania, en Kiev, es una nueva versión de la decapitación de los homenajes que se imponen en las calles y terminan por desmontarse en menos tiempo del que desearían los que homenajean. Las ideas son tan volátiles como las esculturas. Dejan huella, pero caducan. Ucrania fue un contenedor del infinito repertorio gestual de miles de estatuas de Lenin con el que el comunismo sembró Europa, Asía, áfrica, América y la Antártida.

















