En el siglo XIX, viajeros, eruditos, dibujantes y muy primitivos fotógrafos recorrían los lugares más recónditos, apartados, de una España ajena al incipiente progreso de las ciudades. Lo hacían imbuidos de la corriente romántica de la época, en busca de espacios envueltos en belleza y misterio, percibiendo —en ocasiones— el drama y patetismo de la nada y del abandono. Entre ellos, maestros como Francisco Javier Parcerisa encontraron una simbiosis casi perfecta, el abrazo de un patrimonio decadente y de una naturaleza empeñada en recuperar su lugar. Un inspirador paisaje que el artista inmortalizó en centenares de litografías que ilustrarían los once volúmenes de la enciclopedia Recuerdos y bellezas de España, bajo la dirección de su colega José María Quadrado.
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