
El país en el que creció Sonia Mutesi, una periodista de 28 años, ha desaparecido. Los ruandeses como Mutesi han sustituido una nación en la que el eco de la muerte resonaba en cada rincón por un territorio poblado por jóvenes conscientes de que repetir los errores de sus padres sería un error inaceptable.
Veintisiete años después de uno de los peores genocidios de la historia –una escabechina en la que murieron al menos 800.000 personas en tres meses–, Ruanda está preparada para pasar página. Pero antes de enterrar las sombras de su pasado sangriento, Mutesi cree necesario mirar con lupa el vínculo de Francia con el régimen que organizó las matanzas, aunque eso signifique poner el dedo en una herida abierta en la historia del gigante europeo.

















